El ojo como figura de la muerte en el pensamiento de Georges Bataille

por Carlos Roa Hewstone *

bataille

Vivir sus deseos, agotarlos en la vida, es el destino de toda existencia”.
Henry Miller

Resumen

Este escrito se centra en revisar el modo en que se nos muestra la muerte en su relación de contraposición con el habla discursiva, a partir de la noción batailleana de vacío como exposición de la disolución y la imposibilidad. De este modo, nos ocupamos en lo fundamental de esclarecer la caída del discurso en el silencio y el vacío que es mostrado como un lugar donde ya no hay juego entre límite y discurso: este lugar es el ojo. Bataille instala en este juego el espacio de la ausencia y la experiencia del vacío en un pensamiento que emerge desde un afuera continuo que se constata como disolución, tomando la imagen del ojo como metáfora de su movimiento. Cuando el límite del discurso muere en lo imposible, lo que ahí queda es un silencio en lo imposible o, como él mismo lo llama, la noche.

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La declinación social de la imago paterna y su correlato simbólico…

por  Otto Berdiel  Rodríguez


declinacion imago paterna

Para dar cuenta de la ley subjetiva, las leyes sociales y el origen mítico de las organizaciones sociales, entre ellas, la familia, así como una contextualización histórica que diera cuenta del complejo de Edipo, Freud (1913) realiza en su obra “Tótem y Tabú: Algunas concordancias en la vida anímica de los salvajes y de los neuróticos”, un recorrido por algunos senderos antropológicos y sociales, articulando la Ley de prohibición del incesto..

El presente artículo ha sido publicado en Psikeba Nº10, Diciembre de 2009

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Psicología Juridica e Psicología Forense: Aproximações e Distinções

por Marcel de Almeida Freitas

A cada dia centenas de pesquisadores fazem descobertas no campo psicológico e/ou desenvolvem métodos e técnicas diferentes de atuação; diante disso, o contexto atual da Psicologia Jurídica se configura como uma coexistência de diferentes escolas psi, destacando-se a psicologia clínica e a psicologia social. Em geral, os estudos da Psicologia Jurídica envolvem um conceito básico, a moral, que pode ser definida como o conjunto de regras e padrões subjetivos informados socialmente que permitem ao indivíduo discernir o ‘bem’ do ‘mal’. A moralidade seria então o lado ‘abstrato’ da conduta individual e, por sua vez, é sustentada pelo sistema axiológico mais amplo da sociedade. Sua esfera de estudo por excelência é a Ética, um dos campos específicos da Filosofia.

Conforme Urra (1993), compreendendo o estudo, o assessoramento e a intervenção sobre os comportamentos humanos que têm lugar em ambientes diretamente ligados ao âmbito legal, a Psicologia Jurídica engloba a Psicologia Forense e a Psicologia Criminológica. Assim, desde 1792 pareceres psicológicos já eram requeridos nos tribunais dos Estados Unidos, sendo que na Europa passou a ser mais conhecida após os aportes psiquiátricos de Lombroso, na Itália, em 1876, e de Kestschmer, na Alemanha, em 1955. Só recentemente ela foi institucionalizada, primeiramente nos Estados Unidos (anos 1970) e depois na Espanha (anos 1980).

Nesse sentido, a Psicologia Jurídica toma a figura de uma psicologia aplicada ao melhor exercício do Direito. Sob esse propósito, o trabalho conjugado de juristas, assistentes sociais, magistrados e psicólogos vem sendo executado, mormente, nas seguintes frentes: análise dos testemunhos; exames de evidências delitivas; análise do grau de veracidade das confissões; compreensão psicossocial do delito (desvendar as motivações para o mesmo); orientação psíquica e moral do infrator; análise das melhores medidas profiláticas do ponto de vista sócio-cultural e psicológico aos diversos perfis de delinquência; atuação preventiva a fim de evitar a reincidência; apoio e tratamento psicólogo das vítimas de delitos.

El presente artículo ha sido publicado en Psikeba Nº10, Diciembre de 2009.

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Lord Byron

por Julio César Crivelli

Lord Byron

Café negro y funerales.

Mortecina amargura del alma, extravío de la luz.

Mientras recorre el ciego pantano,

vagamente, como si a otro pertenecieran esos días,

recuerda la confusión, la locura, la ruptura.

Recuerda el exilio, la patria, la tristeza.

No volver.

Huye de su horizonte acorralado

y sabiéndose polvo sin nombre, busca renacer.

Quiere vencer al olvido, quiere volver.

A la tarde, lo sentenció la muerte .

La lluvia y el frío le entraron hasta el fondo

y allí lo supo: Muero.

En la cama, sin gloria,

Sin gritos de guerra, de puro frío, muero.

En este olvidado pantano griego, muero.

Café negro y funerales.

Veintiún días esperan los griegos.

Veintiún días esperan inútilmente,

una señal, un indicio del cielo.

Al fin, ven llegar las carrozas negras.

En una caja de plata, los griegos guardan el corazón del

/ muerto.

Ya está del otro lado. Ya pasó.

No hay vuelta, ni empate,

Aunque pida desesperadamente, no hay empate.

El horizonte púrpura se viste de negro.

Publicado en Psikeba Nº10, Diciembre de 2009

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Algunas consideraciones acerca del lenguaje en el psicoanálisis

por Fabián Becerra-Fuquen

La cuestión del lenguaje no sólo se presenta como una preocupación para la lingüística, es una cuestión que interviene donde el sujeto es por fin cuestionado.  Pues es éste un asunto que atañe a todo hombre en tanto que habla y sueña.

La cuestión del lenguaje se presenta en todas las ciencias, no sólo en las humanas, sociales o conjeturales sino también en las naturales o exactas y, si se las admite, en las formales. (…) Pero esta afirmación de índole general adquiere particular relevancia y hasta dramatismo cuando se trata de discutir los modos en que el lenguaje se presentifica en el psicoanálisis. (Braunstein, 1982:7).

Pues, no es menos alarmante para el psicoanálisis dicha cuestión, desde Freud se evidenciaban elementos que daban cuenta de tal preocupación. Fue a partir del uso y el ejercicio de la palabra  –comprendida por Freud a partir de la psicología como: unidad de función del lenguaje– [1], que se inaugura esta disciplina. Desde Freud, la palabra no sólo ha sido el elemento que permite evidenciar los conflictos internos del sujeto, sus pulsiones y material reprimido, sino permite establecer una dirección en la cura, dando lugar a la experiencia analítica y la ética que la rige, a partir de lo que él llamó asociación libre, evidenciando los efectos de la palabra en el sujeto. Por tanto, la palabra es el elemento representativo del psicoanálisis, pues, “¿cómo un psicoanalista de hoy no se sentirá llegado a eso, a tocar la palabra, cuando su experiencia recibe de ella su instrumento, su marco, su material y hasta el ruido de fondo de sus incertidumbres? (Lacan, 1984c:474). El punto central del psicoanálisis, no reside en otra cosa que en la palabra (bajo transferencia), y desviarse de este principio permitir que se disipe lo inconsciente, en realidad lo inconsciente no hay que buscarlo en otro lado diferente, sólo hay que seguirlo al pie de la letra [2].

Ahora bien, la palabra como lenguaje  (según la definición lingüística del término) no es sólo el elemento que establece al psicoanálisis, si no a su vez, es por medio de aquella que se evidencia algo de mayor envergadura, de mayor trascendencia en el sujeto; se trata de algo que incurre fuera del alcance de la conciencia. Pues, fue por la necesidad de explicar los procesos y fenómenos psíquicos que excedían con mucho a la conciencia, con los que Freud se encontraba en su práctica, y al ver que su continuidad no podía ser referida a partir de explicaciones fisiológicas y neurológicas,  tuvo lugar su teoría, evidenciando que los proceso anímicos contienen un lenguaje, que eran afirmados por una serie de contenidos que aparecían  a través de excesos en las palabras de sus pacientes, y recibía el nombre de lo inconsciente (Unbewusst).

Desde muchos ángulos se nos impugna el derecho a suponer algo anímico inconsciente  y a trabajar científicamente con ese supuesto. En contra, podemos aducir que el supuesto de lo inconsciente es necesario y es legítimo, y que poseemos numerosas pruebas a favor de la existencia de lo inconsciente. Es necesario, porque los datos de la consciencia son en alto grado lagunosos; en sanos y en enfermos aparecen a menudo actos psíquicos cuya explicación presupone otros actos de los que, empero, la conciencia no es testigo. Tales actos no son sólo las acciones fallidas y los sueños de los sanos,  ni aún todo lo que llamamos síntomas psíquicos y fenómenos obsesivos en los enfermos; por nuestra experiencia cotidiana, más personal, estamos familiarizados con ocurrencias cuyo origen desconocemos y con resultados de pensamiento cuyo trámite se nos oculta. (…) [A esto] ninguna idea fisiológica, ningún proceso químico pueden hacernos vislumbrar su esencia. (Freud, 1992a. Pp.163-164).

De lo anterior, Freud alude un importante dinamismo que determina la relación inconsciente entre el contenido que se oculta excediendo siempre a la conciencia y el contenido que se evidencia haciéndose consciente, por lo cual, se trata de un lenguaje que supera a la palabra misma y en cuanto que la palabra es superada puede tratarse de Otro-lenguaje, probablemente uno sin palabras, sin conciencia, esto se verá reafirmado por Lacan (1984c): “se da a entender que más allá de esa palabra, es toda la estructura del lenguaje lo que la experiencia psicoanalítica descubre en el inconsciente.”

El presente artículo ha sido publicado en Psikeba Nº10, Diciembre de 2009

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Imperios: Del orden social a la Legitimidad del Poder en Hobbes, Spinoza y Foucault

por Maximiliano Korstanje

La legitimidad del orden social parece un aspecto de la teoría política que ha sido abordado por muchos pero resuelto por pocos. ¿Porque o bajo que sustento una sociedad se mantiene unida?, ¿es simplemente nuestra imaginación o existe una fuerza más poderosa?, ha sido la pregunta que ha desvelado tanto a Hobbes, Rousseau, incluso al mismo E. Durkheim. La legitimidad del orden social, o estructura social, se encuentra indudablemente ligado al poder, y es en el poder que encuentra el sustento suficiente para continuar en un tiempo que es dado pero segmentado. Aunque parezca baladí, lo cierto es que la sociedad funciona porque tras ella existe un velo de poder que le da sustento. El punto, entonces, es dilucidar que es el poder y como se articula en la estructura y la vida diaria de los seres humanos. El presente trabajo de revisión tiene como objetivo discutir críticamente como nacen, mueren y mutan las estructuras de poder a las cuales llamamos imperios como así también la relación del discurso político con la historia. Desde nuestra perspectiva, creemos que el intento comenzó con Thomas Hobbes y su noción del Leviatán, prosiguió con Spinoza con la tesis de la “potencia” y en los últimos años Luhmann ha contribuido a entender la dinámica y la circulación del poder, empero, M. Foucault no sólo se presenta como un pensador que ha permitido una comprensión cabal acerca de los factores que conllevan a la hegemonía y al imperialismo, sino que también ha sido una perspectiva superadora en la materia.

Hobbes y su construcción del orden civil

La concepción de la política de Thomas Hobbes debe comprenderse dentro del contexto histórico en el cual escribe. Desde su Inglaterra natal subsumida en la lucha civil y la violencia contemporánea a Cromwell y su lucha con la Iglesia Católica, Hobbes elabora su tesis de la civilidad influenciado por la filosofía de Aristóteles y la noción de la historia de Tucídides. Los hombres en su estado de naturaleza poseen dos pasiones que los guían en todos sus actos, poseer los bienes del prójimo y el temor a que otro les quite los propios. En este contexto, Hobbes señala que “de esta igualdad en cuanto a la capacidad se deriva la igualdad de esperanza respecto a la consecución de nuestros fines. Esta es la causa de que si dos hombres desean la misma cosa, y en modo alguno pueden disfrutarla ambos, se vuelven enemigos…y en el camino que conduce al fin (que es principalmente, su propia conservación y a veces su delectación tan sólo) tratan de aniquilarse o sojuzgarse uno a otro. De ahí que un agresor no teme otra cosa que el poder singular de otro hombre” (Hobbes, I, Del Hombre, XVIII, p. 101).

En estado de naturaleza, la guerra de “todos contra todos” se torna inevitable. Para evitar los hombres entran a la civilidad y renuncian a su derecho natural. Básicamente los seres humanos confieren por medio de un pacto (de común acuerdo) el uso de la fuerza a un tercero: el Leviatán. “De esta ley de naturaleza, según la cual estamos obligados a transferir a otros aquellos derechos que, retenidos, perturbaban la paz de la humanidad, se deduce una tercera ley, a saber: que los hombres cumplan los pactos que han celebrado. Sin ello, los pactos son vanos, y no contienen sino palabras vacías, y subsistiendo el derecho de todos los hombres a todas las cosas, seguimos hallándonos en situación de guerra”. (Hobbes, I, Del Hombre, XV, p.118).

Esta transferencia de derechos presupone que los hombres –a diferencia del estado de naturaleza- no puedan acceder todos a lo mismo. Por otro lado, el temor a que el otro rompa con su parte del tratado, se basa en el origen de la justicia por el cual el poder coercitivo del estado interviene. Sin éste, los hombres retornarían todo el tiempo a su estado inicial de naturaleza. Asimismo en épocas de paz, el miedo continúa por otros canales, al ser en este aspecto utilizado para la obediencia del hombre y puesto al servicio del Estado.

El presente artículo ha sido publicado en Psikeba Nº10, Diciembre de 2009

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¿Del animal loquax hacia el homo videns? Breve extensión operativa del discurso de Jacques Lacan

por Luis F. Langelotti

Resulta una creencia muy diseminada, a nivel de la opinión común, aquella que sostiene que lo propio de las épocas pretéritas fueron las relaciones sociales basadas en el uso de la palabra, en la plática y en la lectura, mientras que en la modernidad y en la “posmodernidad” nos tocaría asistir a un mundo centrado fundamentalmente en la imagen, en el realityshow. Mundo el cual no sería sino un espectáculo desgarrador que nos empujaría a mirar y a ser mirados a través de una implacable organización panóptica y de un sistema tecno-comercial de “Grandes Hermanos” y “Patinadores por un sueño” – que sueñan con que de los sueños se es dueño y no más bien un sujeto que a los sueños los padece, en la medida en que allí florece el inconsciente que Freud nos enseñó a descubrir.    

Un ejemplo bastante explícito de esta concepción, lo tenemos dado por el caso del filósofo italiano Giovanni Sartori quien, en su interesante libro Homo videns (1997), analiza este proceso de transformación de la “naturaleza” del hombre en la coyuntura histórica actual. Cambio antropológico que estaría suscitado por el pasaje hacia el primado de lo imaginario, es decir, hacia la imposición de la imagen por sobre la palabra. Entre los factores causales de tal transmutación, Sartori ubica este cambio, fundamentalmente, en relación a los avances tecnológicos de nuestra época y, puntualmente, en relación a la televisión: “…la televisión está produciendo una permutación, una metamorfosis, que revierte en la naturaleza misma del homo sapiens. La televisión no es sólo instrumento de comunicación, es también, a la vez, paideía, un instrumento «antropogenético», un médium que genera un nuevo tipo de ánthropos, un nuevo tipo de ser humano.”2 El filósofo encuentra la pertinencia de esta tesis en un observable fuerte, a saber: “en el puro y simple hecho de que nuestros niños ven la televisión durante horas y horas antes de aprender a leer y escribir.”3

Si bien resulta acertado afirmar que la imagen en nuestro tiempo ha cobrado especial relevancia gracias a la creación de nuevos medios de comunicación y de socialización, empero, no debe descuidarse el hecho de que cualquier imagen “captada” por el sujeto (entrecomillo la expresión ya que más bien es el sujeto, en tanto disímil de un percipiens unificante, el que es “captado” por la imagen) siempre se halla sostenida por el lugar del lenguaje, es decir, por el Otro. La imagen, al igual que the behaviour, está en la palabra: ¿cómo podría significar algo sino estuviera allí, en ese campo, inmersa en esa dimensión propiamente significante? En este sentido, el «impacto» de lo imaginario revela tener una eficacia notable en la medida en que no sólo afecta fuertemente a lo que podría denominarse la “masa”, el “pueblo”, sino también a aquellos pensadores e intelectuales que descuidan en sus análisis de lo social la potencia determinante que lo simbólico ejerce por sobre ese otro registro.

El presente artículo ha sido publicado en Psikeba Nº10, Diciembre de 2009

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